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Hemos pasado unos días fabulosos en el Pirineo. Las nevadas de las semanas previas han creado un paisaje maravilloso. Hicimos un paseo hasta el campamento de Canal Roya desde el Hotel Santacristina. El camino entre el bosque no tenía mucho espesor de nieve y pudimos avanzar sin raquetas. Después de pasar la entrada del antiguo camping enseguida encontramos indicaciones hacia Canal Roya. Subiendo pudimos ver uno de los refugios de la Línea P, cubierto por la nieve. Un poco más allá, por un camino fácil llegamos al campamento, con su refugio de la Línea P, y su edificio principal. Cuesta imaginar las condiciones de vida a lo largo de estas construcciones defensivas, pero imagino que eran penosas.

En la ladera del Chiniprés pudimos sorprender a un sarrio solitario en medio de la nieve, avanzando con dificultad. Espectáculo majestuoso que contemplamos extasiados los tres con nuestros prismáticos.

El bocadillo supo a gloria, intentamos hacer fuego pero la leña estaba muy húmeda. Construimos un muñeco de nieve al que dimos por nombre Olaf, y bajamos cantando “libresoy”. Para la posteridad queda esta foto, aunque desde luego, para la posteridad queda nuestro recuerdo.

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La estación internacional de Canfranc, pese a su estado de abandono, es todavía un potente referente visual, y fuente inagotable de fotografías, buscando ese momento mágico inolvidable.

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Esta es casi visita obligada cuando subimos a Canfranc. El antiguo cuartel de carabineros, que hemos conocido abandonado, es ahora el Hotel Santa Cristina. Y el árbol que conocimos en su patio de entrada sigue ahí. Y hoy lo hemos visto cubierto de nieve. En primavera.

Mi viaje anual a Europa será fiesta deleitosa para mi, durante la cual evocaré inolvidables recuerdos y escenas imborrables de mi niñez y juventud. Para mí, montañes de raza y habitante que fue por muchos años de los severos valles pirenáicos, mi viaje a Francia a través del tunel de Canfranc equivaldrá a una repatriación tonificadora, a un verdadero rejuvenecimiento, milagro operado por obra y gracia de la renovación de las sensaciones de la infancia, del grato olor del nativo terruño y del calor espiritual de las viejas y constantes amistades.

Ramón y Cajal, en torno a 1900