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The Influence of Nature
By William Wordsworth (1770–1850)

From “Lines Composed a Few Miles above Tintern Abbey”

 

THESE beauteous forms,
Through a long absence, have not been to me
As is a landscape to a blind man’s eye;
But oft in lonely rooms, and ’mid the din
Of towns and cities, I have owed to them,
In hours of weariness, sensations sweet,
Felt in the blood, and felt along the heart;
And passing even into my purer mind
With tranquil restoration:—feelings too
Of unremembered pleasure: such, perhaps,
As have no slight or trivial influence
On that best portion of a good man’s life,
His little, nameless, unremembered acts
Of kindness and of love. Nor less I trust
To them I may have owed another gift
Of aspect more sublime; that blessed mood
In which the burthen of the mystery,
In which the heavy and the weary weight
Of all this unintelligible world,
Is lightened:—that serene and blessed mood
In which the affections gently lead us on,—
Until, the breath of this corporeal frame,
And even the motion of our human blood,
Almost suspended, we are laid asleep
In body, and become a living soul:
While with an eye made quiet by the power
Of harmony, and the deep power of joy,
We see into the life of things.

 

I have learned
To look on nature, not as in the hour
Of thoughtless youth; but hearing oftentimes
The still, sad music of humanity,
Nor harsh, nor grating, though of ample power
To chasten and subdue. And I have felt
A presence that disturbs me with the joy
Of elevated thoughts: a sense sublime
Of something far more deeply interfused,
Whose dwelling is the light of setting suns,
And the round ocean, and the living air,
And the blue sky, and in the mind of man:
A motion and a spirit, that impels
All thinking things, all objects of all thought,
And rolls through all things.

Las fotos antiguas del Pirineo me hacen sentir una nostalgia especial. En particular esas fotografías que atacadas por el paso del tiempo todavía resisten y dejan ver un esplendor pasado, y nos transportan a la época fundacional del pirineismo. Como esta foto. Aunque en realidad la tomé en 2011. Pero me gusta el aspecto que ha tomado después de procesarla. Y así quiero empezar una sección de fotografías evocadoras y de homenaje a los fotógrafos que recorrieron el Pirineo antes que nosotros.

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Fragmento de “En San Juan de la Peña”. Artículo de Miguel de Unamuno publicado en El Sol, Madrid, 4 de septiembre de 1932 y recogido en el libro “Paisajes del alma”

“Nos fuimos, en privada romería, al monasterio de San Juan de la Peña, al que alguien llamó, con dudosa propiedad, la Covadonga aragonesa. Cruzamos arboledas de leño, de madera, no de frutos, donde el acebo hacía brillar sus erizadas hojas, como un arma. Y bajamos al viejo y venerable santuario. En un socavón de las entrañas rocosas de la tierra, en una gran cueva abierta, una argamasa de pedruscos que se corona con cimera de pinos. Y allí, en aquella hendidura, remendado con sucesivos remiendos, el santuario medieval en que se recogieron monjes benedictinos, laya de jabalíes místicos, entre anacoretas y guerreros, que verían pasar en invierno, hollando nieve, jabalíes irracionales, de bosque, osos, lobos y otras alimañas salvajes. Bajo aquel enorme dosel rocoso sentirían que pasaban las tormentas. Los capiteles románicos del destechado claustro -le basta la roca por cobertor- les recordarían el mundo, un mundo no de mármol ni de bronce helénicos o latinos, sino de piedra, un mundo berroqueño, en que la humanidad se muestra pegada a la roca -como entre los egipcios- y no exenta de ella. En un de aquellos capiteles, Eva hilando en rueca y su Adán guiando la yunta de bueyes -o toros- de labor, condenados a vestirse y a comer con trabajo. Y allí los monjes escribían en paz hechos de guerra, y a escribir historia la hacían. Que el hecho histórico es espiritual y consiste en lo que a los hombres se les hace creer que queda de lo que pasó en la leyenda. La leyenda empieza con el documento fehaciente, que hace fe, que hace creencia, y se agranda con la crónica. Como aquella del anónimo monje pinatense a la que Zurita llamó la más antigua historia general del reino de Aragón.

En aquel refugio, casi caverna, bajo la pesadumbre visual de la peña colgada, se le venía a uno encima una argamasa de relatos históricos, de leyendas. Ramiros de Aragón y Sanchos de Navarra, cuando, en reconquista, brotaron mellizos los dos reinos pirenaicos. Y todo ello confusión. Bajo la peña, en la caverna, sepulturas de nobles y de reyes. Y un medallón con la efigie -característico perfil de carnero- del rey Carlos III, que hizo reparar el viejo santuario. En entre las tumbas, a su pie, en el suelo, rota la losa, la de aquel Don Pedro Abarca de Bolea, recio aragonés de rancio linaje, aquel conde de Aranda que llena el reinado de Borbón. En la rota losa se nos dice que habían de haber sido trasladados sus restos al panteón de hombres ilustres de Madrid, pero que allá volvieron. Y allí está, en el suelo, no en el muro, como su presunto antepasado. Allí el conde de Aranda enciclopedista, gran maestre de la masonería española, amigo de Voltaire, el que primero expulsó a los jesuitas de España y consiguió, con Floridablanca, que el Romano Pontífice disolviera la Compañía de Jesús. Y allí, desterrado en su nativa tierra, rindió su espíritu el último año del siglo XVIII. En el suelo de un claustro cavernoso, al abrigo de una peña, en las faldas del Pirineo que une a España con Francia, descansó el que nos trajo el revolucionario despotismo liberal. Su temple no fue otro que el de los caudillos reconquistadores, ni acaso otro que el de los monjes que para historiar sus leyendas se cobijaron bajo la peña, en la caverna.

Y allí, lejos de la engañosa actualidad que pasa y no queda -y su paso no nos deja verla-, se sintió uno envuelto en un nubarrón de visiones que pasaban como las sombras infernales y celestiales del Dante. San Juan de la Peña era la boca de un mundo de roca espiritual revestida de bosque de leyendas. Y empezó uno a meditar en cómo vuelve lo que se fue, y es la repetición el alma de la Historia, que se produce, como los vastos mundos estelares, en espiral. Vanse las leyendas, dando paso a lo que creemos historia. ¡Pero esté de Dios que se vaya la historia, la que creemos tal, dando paso a las leyendas! No nos quede lo que pasó, lo que sucedió, sino lo que los hombres, por haberlo vivido, soñaron que pasaba, que sucedía, y transmitieron, con sus sueños creadores, a sus sucesores.”

 

Unamuno  Paisajes del alma

Parzán

Caspar David Friedrich Wanderer above the sea of fog

El el rincón de Linza había mucha nieve. El plan inicial era subir hasta el paso del caballo y contemplar el paisaje. Había tanta nieve que el plan cambió por completo.

En primer lugar nos tomamos un caldo caliente en el refugio, ante la chimenea de leña. Después salimos a hacer fotos con trípode, aunque la que pongo aquí la hice con el teléfono. Después nos tiramos en la nieve y nos hicimos fotos.

Y bajamos a comer a la Borda Nadal, de camino a Ansó. Una delicia.

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Siluetas

Jaca

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